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La responsabilidad detrás de una menor fallecida en accidente vehicular en Abancay
Publicación: mi�rcoles, 04 de febrero de 2026

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La responsabilidad detrás de una menor fallecida en accidente vehicular en Abancay

La responsabilidad detrás de una menor fallecida en accidente vehicular en Abancay

La muerte de una menor de apenas tres años, atropellada por una combi en la ciudad de Abancay, no puede ser leída solo como una nota policial más. No es un número, no es una estadística fría. Es una vida truncada, una familia destruida y una herida profunda para toda la ciudadanía abanquina. Y, sobre todo, nos obliga a mirarnos como sociedad y preguntarnos con honestidad: ¿a quién le corresponde la responsabilidad? Es cierto que la ley deberá determinar responsabilidades penales. El conductor fue intervenido, pasó el dosaje etílico —que resultó negativo— y el caso ya está en manos del Ministerio Público. Pero más allá de lo jurídico, existe una responsabilidad moral y social que no podemos esquivar. En nuestras calles, especialmente en épocas como los carnavales, la vía pública se convierte en escenario de juegos, celebraciones y descuidos. Niños muy pequeños transitan o juegan sin la supervisión adecuada, expuestos a vehículos que, aunque circulen “normalmente”, representan un peligro constante. Un niño de tres años no puede protegerse solo. Su seguridad depende exclusivamente de los adultos. Aquí es donde los padres de familia y cuidadores deben asumir un rol firme y consciente. No se trata de buscar culpables desde el dolor, sino de evitar que esta tragedia se repita. La calle no es un patio de juegos seguro, menos aun cuando hay tránsito vehicular. Un segundo de descuido puede ser irreversible. Pero la responsabilidad no recae únicamente en el entorno familiar. Los conductores también tenemos una enorme deuda con la prudencia. Conducir en la ciudad no es solo manejar un vehículo, es entender que compartimos el espacio con peatones vulnerables: niños, adultos mayores, personas distraídas. Respetar los límites de velocidad, la señalización y conducir con extrema precaución en zonas urbanas no es una recomendación, es una obligación ética. Abancay no puede acostumbrarse a llorar a sus niños. No podemos normalizar que una familia salga de casa y no vuelva completa. Cada tragedia vial es una advertencia dolorosa de que algo estamos haciendo mal. Hoy, una menor ya no está. Que su muerte no sea en vano. Que sirva para despertar conciencias, para que los padres vigilen más, para que los conductores reduzcan la velocidad, para que como ciudad entendamos que la vida siempre debe estar por encima de la prisa, la costumbre o la celebración.

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    Chaski
    EDITOR